Miguel González Hernández
Lucía ha encontrado después de diez días su muñeca de trapo que tanto extrañaba; estaba justo entre el respaldo de su cama y la pared. Le tenía un gran afecto porque se la había regalado su tía Dolores cuando cumplió seis años. Lucía ahora tenía ocho años. Le gustaban los colores de su muñeca de trapo eran: azul, rojo y verde. Desde el momento en que sabía que iba de vacaciones con su familia entonces tenía que llevar a su muñeca. El lazo que había entre las dos era tanto que casi no tenía amigas porque temía que le robaran su muñeca. Sólo jugaba con su vecina Claudia por las tardes, y los fines de semana con su primo Saúl; quien era un año menor que ella. Cada juego que realizaban lo anotaban en una libreta donde hacían un juramento que consistía en que cuando cumplieran quince años iban a contar las reglas y los números de juegos que se inventaban para enseñárselos a sus padres. Algunas veces jugaban los mismos pero siempre anotaban si encontraban uno distinto. Hasta que un día, Claudia le comentó a Lucía que había visto a su hermana mayor besarse con su novio y le propuso si hacían eso pero con su primo. Lucía accedió y el fin de semana siguiente lo llevaron a cabo. Saúl, cuando las escuchó sobre el juego nuevo sólo abría los ojos tan grandes como podía. Se citaron en el sótano de la casa de Lucía después de comer y haber tomado unos helados de chocolate que la mamá de Claudia les había comprado. Cuando los tres se encontraban mirándose mutuamente, Claudia dispuso que primero iban a besarse Lucía y Saúl para que después le tocara a ella con el primo. El momento en que las dos bocas de los primos se tocaron cerraron los ojos sin moverse durante un corto tiempo. Después abrieron los ojos y se retiraron inmediatamente. Entonces Claudia tomó de los hombros a Saúl y le plantó un gran beso que el primo empezó a retirarse hasta recargarse en la pared. Lucía los observaba tanto que empezó a darle besos a su muñeca haciendo unos ruidos muy extraños casi como quejidos. De repente Claudia y Saúl de detuvieron y veían a Lucía con gran asombro que les empezó a dar miedo porque Lucía sacaba su lengua y recorría toda la cara de su muñeca sin cesar. No quiso despegarse de la muñeca hasta que Claudia fue por la madre de Lucía, sin embargo, empezó a llorar tanto con unos gritos que salieron corriendo Claudia y Saúl para dejar a la madre y padre de Lucía tratando de despegarla de la muñeca. Dejaron de ver a Lucía durante varios años ya que sus padres la habían mandado a un internado de las madres capuchinas. Cuando cumplieron quince años, regresó Lucía y se encontró con Claudia en el mercado rodante cerca de su casa. Se abrazaron durante mucho tiempo y cuando se estaban separando Lucía le susurró a Claudia, aún tengo la muñeca haber cuando me visitas y te enseño nuevos juegos.
viernes, 11 de septiembre de 2009
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Me gusto mucho tu cuento, sobretodo por la muñenca...
ResponderEliminarY los juegos...
ResponderEliminarel inicio está un poco lento, pero creo que me gusta porque siento que es como si lo contara la niña. Después se pone interesante, en el momento en que ella empieza a besar a la muñeca y quejarse. El final está bien, pero creo que hay que alargarlo unas tres líneas más, y cerrar.
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