Es medio día. El hombre moreno y de rostro endurecido por las batallas camina con algunos a los que convenció de volverse y preparar la alianza con los mexicas y vencer a los extranjeros. Los augurios dicen que el fin de la autonomía tlaxcalteca se acerca.
El día es apacible, los rayos del sol estallan contra las rocas y la capa de Xicohténcatl apenas danza suavemente con el viento, todavía no está polvosa ni rota, aún no serpentea violentamente por la ventisca. Las nubes se desperezan allá en el cielo, forman borbotones, se amasan. Es un día tranquilo, Xicohténcatl no sabe que va a morir, aunque es una posibilidad. Sin embargo, avisó que iba por bastimento. Cuando noten que ha tardado en volver, ya estará en Tlaxcala.
Recuerda el día en que probó el sabor amargo de la humillación al ser obligado por los ancianos a presentarse en son de paz ante los teules, ante Cortés, y hacerle la oferta de la alianza: “Acuérdate, Capitán, que jamás Tlaxcala reconoció Rey ni Señor, ni hombre entró en ella que no fuese llamado o rogado, por eso te pido que nos trates con respeto pues te entregamos nuestras personas, nuestra casa, nuestros hijos y mujeres.”
En Tlaxcala podrá convocar a más hombres, mandar a traer a los otomíes y preparar una emboscada. Mientras tanto enviaría a seis emisarios a hablar con Cuauhtémoc y darle a conocer las sospechas que tiene respecto a la sinceridad de los hombres barbados. Sabe que tratan de engañar tanto a mexicas, como a su pueblo. No son dioses, sino hombres como ellos pero con el corazón lleno de avaricia. Vieron riqueza y ahora querían aprovecharse de ella. No son amigos de los tenochcas ni de los tlaxcaltecas, no es gente de fiar. Si ya antes Tlaxcala y Tenochtitlán habían logrado entenderse en cuestión de las guerras floridas, no sería difícil llegar a un acuerdo y expulsar a los barbados. Mientras andan, uno de sus seguidores le advierte: “Tu hermana ha contado tus intenciones al teul Alvarado, dijo que no venías de buena fe al combate y que no descartaran una traición tuya”. Una espina de maguey le atraviesa el pecho, pero no se inmuta, fija los ojos en el horizonte y sigue avanzando. A su padre no será difícil persuadirlo, es muy viejo y aunque es testarudo, lo convencerá de que ayudar a los teules no es la mejor salida. El problema son los otros tres, en mayor grado Maxixcatzin a quien mueve la avaricia, el afán de conseguir riqueza a cualquier precio.
Las sandalias de Xicohténcatl chocan contra la tierra, aún no están polvosas ni húmedas, la tira del lado izquierdo todavía no se rompe. Xicohténcatl avanza a buen ritmo, piensa en el día en que fue nombrado general de los ejércitos de los cuatro señoríos. Aquella vez prometió defender a su nación y no podía claudicar ahora. Recuerda los errores tácticos: en el primer enfrentamiento contra los teules su corazón no estuvo tranquilo al saber que ocho de los miembros importantes de su ejército habían muerto y ordenó la retirada a pesar de encontrarse a un paso de obtener la victoria. Sabe que su gente siempre necesita respaldo. Al haber continuado sin los ocho jefes, quizá las tropas se hubieran desorganizado a falta de líderes y las pérdidas tlaxcaltecas habrían sido mayores. Y luego estaba el necio Maxixcatzin convencido de que siendo leal a los extranjeros obtendría tierras y poderío. A él no le importa la confederación, sino sus propios intereses y había logrado convencer a varios tlaxcaltecas de dejarse vencer durante la segunda batalla. Esa noche, cuando Xicohténcatl intentó contraatacar, el consejo ordenó disolver el ejército sin consultarle, como si él fuera un estorbo, un traidor, cuando lo único que deseaba era defender a su patria a toda costa. Todavía, a manera de lección, el consejo acordó que él mismo fuera quien se encargara de hacer las paces con los barbados, lo hizo muy a su pesar, pero pidió a cambio que libertaran a Teutila, mujer pequeña y de carnes fuertes, hija de Ocambo, jefe del ejército zocotlanense, al que Xicohténcatl había vencido tiempo atrás. Para poder casarse con ella tuvo que ofrecer paz a los teules. El corazón no puede ser sometido, sus tesoros más preciados sobreviven en él a pesar de que la persona sea obligada a faltar a sus principios, pensó y una lágrima casi imperceptible asomó de su ojo derecho y resbaló mezclándose con el sudor de su rostro. Piensa en Teutila, en sus ojos pequeños y su vientre moreno y entonces su corazón se estremece con la impotencia clavándosele inmisericorde.
Apura el paso, el sol empieza a instalarse en el cenit, la tilma, aún sin manchones de tierra revolotea con el viento. Xicohténcatl escucha el galopar de unos caballos, sabe que los hombres barbados están cerca. Un escalofrío le recorre la espina dorsal, su instinto le dice que camine más de prisa pero se detiene. Sus dos acompañantes son sometidos por los hombres a caballo cuando tratan de defenderlo. Un par de tlaxcaltecas que acompañan al extranjero lo toman por los brazos. Alonso de Ojeda grita y escupe. Lo golpea con el arcabuz. Xicohténcatl sabe que el fin está cerca. La impotencia se le agolpa en la garganta y tiene sabor a sangre. Piensa en los suyos, en los niños creciendo con costumbres que no son suyas, en los palacios destruidos, en los dioses rotos y en los ojos suplicantes de Teutila que le piden que regrese con bien. Luego es empujado un par de veces, la primera trastabilla, a la segunda cae. Viene a su mente el castigo en el palacio de Maxixcatzin, antes de verse forzado a pedir disculpas a los extranjeros. Se levanta. Su tilmatli está llena de tierra. Alonso Ojeda lo obliga a caminar cuesta arriba. Va erguido. Sus sandalias se humedecen y se llenan de polvo, una tira se rompe y el pie izquierdo queda descalzo. Sigue caminando. Llegan al cerro que divide al reino acolhua de sus tributarios, ve a los barbados dar órdenes. Eligen la rama de un ocote. Le atan una soga al cuello. Morir así, sin demostrar coraje ante los invasores. Quizá lo merezca por no haber hecho nada. La deshonra, la ira y el llanto se mezclan en su rostro. Queda en deuda con todos, en el futuro espera no ser recordado. Al otro día, los rayos del sol bruñen el cuerpo oscilante del hombre moreno.
viernes, 16 de octubre de 2009
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