Ratas. Mi estomago se revuelve cuando veo alguna. El temor es herencia familiar, el asco propio.
No he conocido a otra persona con un miedo tan grande a estos roedores como mi madre, aunque no sólo les teme a ratas, también a ratones, topos, tuzas y hasta a hamsters. No puede ver a ninguno de estos animales sin gritar, maldecir, escapar, quedarse paralizada, o todo los anterior al mismo tiempo, incluso si se trata de una fotografía o un programa de televisión. Una función en casa de la película “El señor de las ratas” requeriría tener una ambulancia en la cochera.
Mi mamá dice que el temor le viene desde niña, pero no recuerda el por qué. No deja de ser curioso que mis abuelos y mis tíos no lo tengan. Bueno, eso es lo que ellos dicen. Les preguntare durante la comida en nuestra próxima reunión familiar.
Tengo varios recuerdos de situaciones con estos roedores, la mayoría de cuando era niño y, obvio, con mi mamá.
Cuando nos mudamos a la casa nueva, la propia, nuestro patio trasero colindaba con un taller mecánico para tráileres, el cual pronto nos dimos cuenta no era un modelo de limpieza. Desde la ventana de la que sería mi recámara, todavía estaba en construcción la planta alta, podía ver a las ratas andar despreocupadamente entre los fierros retorcidos y las cabinas abandonadas. ¡Pinches ratas!, hasta parece que alzaban la vista solo para burlarse de mí. Tuve tanto miedo que no volví a subir en varios meses.
Un mal día, temprano, saliendo con mi mamá rumbo a la escuela, encontramos al vecino sosteniendo un recogedor y vaciando su contenido en una gruesa bolsa de plástico. Era una rata, no, mejor dicho: ¡Una ratota muerta! De color gris con su cola como de cuero viejo. Ya se imaginan la reacción de mi mamá y la reacción mía ante la reacción de ella. Los vecinos tuvieron que calmarla, fueron a avisar a mi papá quien llegó apurado por nosotros, les explico lo que sucedía, dio las gracias y fueron a dejarme a la primaria. De ahí, supongo, viene mi aversión a ellas, una extraña mezcla de asco y miedo.
La reacción de mi mamá a su reacción fue un lugar muy común: conseguir un gato, pero de barriada, ratonero. Mi hermana y yo fuimos a buscarlo, y lo encontramos, era de una camada de madre corriente y padre todavía más corriente. Una bola negra con pelos enmarañados. Cuando regresamos a casa mi madre se asustó al verlo, dijo que parecía una rata mojada, me imagino que el minino entendió las ofensas, porque algunos meses después se desquitaría de mi mamá, y de muy fea manera.
Mi papá vio al gatito y dijo: “Tiene instinto, servirá, pronto se aburrirá de estar encerrado, será bueno tenerlo en el patio”. Y le atinó. El gatito creció y se volvió una máquina de aniquilación de ratas, ratones y lagartijas. Nomás que el cabrón no solo mataba a todo aquel roedor que quisiera invadir nuestro territorio, sino que aparte, mataba los que entraban a las casas de los vecinos y, no conforme, aventaba los cadáveres a nuestro patio para que los viéramos desde la ventana de la cocina. Y obvio, la primera que veía la escena por las mañanas antes de preparar el desayuno era mi mamá. Imaginen la secuencia: mama grita, hijos y papá se levantan asustados, todos en la cocina, hijos ven y gritan, papá calma a todos, mamá se encierra en su recámara, hermana la acompaña porque papá se lo pide, hijo (yo) se queda porque papa le pide lo ayude al levantamiento del cadáver, papá saca al hijo al patio para que cuide que el gato no haga más destrozos, yo muerto de miedo, papa dice que me aguante porque es por mi bien y soy el segundo hombre de la casa (táctica clásica), papá trae escoba recogedor y bolsa, papá barre y junta los restos de la rata junto al cuerpo, hijo abre la bolsa y la sostiene, ambos aguantan la respiración cerrando la boca e inflando las mejillas, la pinche rata cae dentro de la bolsa, hijo le da la bolsa a papá para que la amarre, padre e hijo pasan por la casa gritando que ya paso el peligro, Padre e Hijo salen orgullosos a la calle con una bolsa negra en la mano, Padre e Hijo van hasta el contenedor de basura a depositar el cadáver, Padre le da la bolsa a Hijo para que la aviente, Padre e Hijo regresan a casa orgullosos de su epopeya, padre e hijo se lavan las manos varias veces, mamá prepara el desayuno, papá dice que no probará bocado porque ya se le hizo tarde para ir a trabajar (en realidad no come temor a vomitar en la mesa), hijo come a fuerzas y aguanta las nauseas toda la mañana mientras está en clases. Y el pinche gatito felicitado por todo mundo de que es un eficiente mata ratas.
Y así ha sido mi relación con estos animalitos.
Debo reconocer que no es la primera vez que tocó alguna, a pesar de todo lo nauseabundo que me resulta, esta es la tercera ocasión que pongo mis manos sobre una rata callejera en estado de putrefacción.
La primera vez fue a los doce años, en las vacaciones de transición de la primaria a la secundaria. Jugaba un gol para en la calle con dos amigos de más o menos mi misma edad, Julio y Richard. Julio era el portero, yo llevaba el balón, disparó y gol, me hacen la indicación que la primera función del nuevo portero es ir a recoger la pelota. A punto estaba de cumplir mi cometido cuando veo lo que se imaginan: una rata muerta tirada en plena calle, nomás que esta era de color café, estaba aplastada, se me figuraba a los cabritos ahumados que venden en canal.
Me quedé quieto, observándola con miedo. Los chavos me gritan que regrese con el balón para continuar el juego, les digo que no puedo. Se acercan a ver qué sucede y les señalo con la mano. Ven el cuerpo, boca arriba, como foto de nota roja. Julio, nervioso, dice que pateé la pelota procurando no aplastar al animalito. Richard dice que soy un marica, que no pasa nada, que está muerta, que nomás huele feo. Julio dice que le da asco y que tampoco tomaría el balón con las manos. Richard nos ve con burla, con afán de reto le digo: “¡Pos tómala tu güey!” Y Richard no sólo recogió el balón con la mano izquierda, sino aparte, con la otra mano tomo al roedor por la cola y nos dijo: “¡Ahora sí pinches putos van a ver qué les pasa!”. Y cuando hacía el ademán de aventárnosla, Julio y yo comenzamos a correr.
La carrera duro tres calles, cruzamos las esquinas sin precaución, nomás escuchábamos los frenazos de los coches. Richard no nos podía alcanzar. Cuando nos dimos cuenta estábamos en la entrada de un tianguis, cerca de un puesto de carnitas y dos de ropa. Imposibilitados de entrar por la aglomeración de gente retrocedimos y quedamos de frente a Richard, tenía la cara roja, aparte de las mejillas infladas, la boca cerrada y la nariz fruncida como intentando contener la respiración por el olor a carne tostada y echada a perder de la rata. Julio y yo volvimos a dar la carrera. Apenas avanzábamos cuando Richard gritó: “¡Ahí les va pinches maricas!” Y sentí un golpe en la parte baja de la espalda. Cuando volteé la cabeza vi lo peor que imaginaba: la pinche rata aplastada me había golpeado. Paramos de correr, me di la vuelta y con enojo miré a Richard. Él solo se reía, entonando una cantaleta: “es niña es niña es niña”. La gente veía la escena, algunos asqueados por el olor y otros con burla. Estos últimos me decían provocadores: “¡Uy, te está diciendo que eres puto!”, “Yo que tú le rompo su madre, ¿Si sabes pelear?, digo, se supone eres hombrecito”, “Pa mi que le sacas a los madrazos, igual y si eres puto como él dice”. Tenía la pinche cabeza hirviendo, los ojos llorosos y la quijada entumecida. No sabía qué hacer, bueno, si sabía, nomás que no sabía cómo hacerlo; si bien Richard era más o menos de mi complexión, también sabía que él era bueno para los putazos, los golpes pues. Cuando un tipo gordo con la piel como la de un jarro de barro, brillosa y rojiza, dijo: “Pinche chamaquito puto, le saca a los madrazos”, tome la rata por la cola, al tocarla se me figuró a las tiritas o flecos de una chamarra de piel que tenía mi papá. Avance un poco, Richard pensó que lo iba a corretear, al momento que dio la vuelta para comenzar a correr, aventé la rata y cayó sobre su cabeza. Nomás escuché las exclamaciones de asco de la gente cuando Richard comenzó a vomitar después de quitarse la rata seca que casi tocaba su nariz. Los más asqueados fueron los que comían en el puesto. Jamás he platicado con Richard respecto a este incidente.
La segunda vez que toqué una rata fue en el Serpentario. Entramos al criadero de roedores con los que alimentan a las víboras. Secciones de jaulas de piso a techo, puras ratas blancas y de ojos rojos, gordas y limpias. De nuevo el miedo, el asco y el reto: “Uy uy, ¿A poco no las puedes ni ver?”. Y con ello mi constante estupidez: “¡No mamen, como creen!”. Nomás que los estúpidos no éramos uno, sino dos: una amiga y yo. Metimos la mano entre la reja de una de las jaulas, con un solo dedo toque la piel de la rata más grande, su pelo era muy suave, parecido al de un gato siamés. Cuando toque su estomago me llevé una desagradable sorpresa, adentro se le sentían unas pequeñas bolas que a su vez se movían, la rata se molestó y mordió a mi compañera que intentaba tocarle la cabeza. Todos voltearon al escuchar el grito, el encargado reviso la mano de mi amiga y dijo que no había ningún riesgo de contagio de alguna enfermedad porque los roedores estaban criados en condiciones muy higiénicas para no afectar a las víboras. Pasado el susto vino el reclamo, nos dijo que la rata debía ser sacrificada porque era más probable que mi amiga pudiera infectar al animal.
Y la última vez que toqué una rata fue esta semana. Cuando por sorteo me correspondió realizar la dinámica de describir que siento al tocar algo que me cause asco y aversión, de inmediato pensé en una rata. Me lamenté. Supuse que no sería sincero si escogía otra cosa. No sabía dónde encontrar una rata que no se moviera ni mordiera, obvio, necesitaba una rata muerta. Pero tampoco quería ser yo quién la matará. Y comencé a buscar en los contenedores de basura del mercado cercano a la casa. Pero no encontré nada, me lamenté del programa de limpieza de mercados. Pero vino la suerte: andando por el zócalo, supervisando las labores de retiro de una estatua, vi que uno de los jardineros llevaba algo colgando en su mano. Me acerqué y vi una rata café, gorda, en estado de putrefacción y un poco aplastada, no tanto como la de la anécdota de Richard. Tuve ganas de vomitar. El jardinero, que la sostenía con un guante de cuero, se dio cuenta y me dijo: “pos no la vea”, y le conteste que no sólo tenía que verla, sino tocarla, era una tarea. Se quedó extrañado y me dijo en broma si quería llevármela, le dije que no, le pedí de favor la pusiera en el suelo. Pasé la reja de la jardinera, le pedí prestado su guante, que por cierto estaba lleno de tierra, y me puse en cuclillas. Olía espantoso, a carne podrida, pinche rata, parecía que estaba empanizada por tanta tierra que tenía encima. Tuve ganas de vomitar, así que cerré la boca, fruncí la nariz e inflé las mejillas conteniendo la respiración. Me dio asco ver su cara, sus bigotes tiesos y sus dientes salidos, sus orejas parecían achicharradas. Con la mano que tenía el guante me apoye en el piso, y con un el dedo índice de la otra la toqué. Fue horrible. Sólo me atreví a tocarla por cinco segundos. Su pelo era corto y tieso, como el de un pincel con pintura seca. Como ya estaba seca y en proceso de putrefacción la carne parecía machaca, sin llegar a parecer bacalao. Adentro se sentía un poco inflado, como si tuviera agua, la apreté un poco. En ese momento me levanté e hice un gesto intentando vomitar, pero no pude. Le devolví su guante al jardinero, le di las gracias y salí corriendo. Metí las manos en la fuente de San Miguel, intenté lavarme las manos. Entre a Palacio Municipal y repetí la operación en el baño. Pero seguía asqueado, aunque sólo la toque con el dedo. De regreso a la oficina me lavé varias veces. Ya en casa, no quise comer en el resto del día.
Un día después, un amigo me invitó un taco en la calle, lo tomé, de inmediato sentí asco y lo tiré a la basura. Tenía el temor que mi dedo pudiera infectar la comida.
"...era de una camada de madre corriente y padre todavía más corriente..." jajaja, eso me recordo algo... Bueno, pues como ya te habìa comentado yo tambièn le temo a las ratas. Malditas, jajaja.Y en cuanto a tu pregunta... adivina de qué equipo... yo prefiero no decirlo.
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